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La ninfa y el lago

La ninfa y el lago
Hace ya mucho tiempo, en un reino cuyo nombre se ha perdido en el olvido, vivía un joven y apuesto guerrero. Su nombre era Torlof.

Tras una dura jornada en el campo de entrenamiento, el muchacho había salido a dar un paseo. Caminaba tranquilo rodeado de los árboles del bosque, siguiendo la ribera del arroyo, pues el suave sonido de las aguas le resultaba muy relajante.

Siguiendo el curso del riachuelo, se llegaba a un gran lago, custodiado por una elegante cascada. La cascada surgía de lo alto de las montañas; y en ella, el agua se precipitaba desde lo alto hasta el fondo del lago.

Tras un agradable paseo, Torlof llegó al lago, y se tumbó próximo a la orilla a descansar.

De pronto, el joven caballero vio una figura en el lago. Era una mujer, joven, hermosa. Se estaba bañando en el agua, y su cabello mojado caía dulcemente sobre sus delicados hombros. Era sumamente atractiva, su mirada, su cuerpo, todo era bello. La hermosa joven estaba mirando al guerrero.

Torlof, maravillado, entró en el lago, acercándose hacia la muchacha, que le sonreía. No le importaba echar a perder sus vestiduras, lo único que deseaba era llegar junto a ella. El lago era poco profundo en las proximidades de la orilla, y Torlof llegó caminando hasta ella, con el agua a la altura de la cintura.

Al encontrarse, la joven se acercó al guerrero, y sin mediar palabra, le rodeó con sus delicados brazos y le besó. Tras besarse, ambos se despojaron de sus vestimentas, y en el lago, dieron rienda suelta a su pasión, y su lujuria. Al finalizar, la muchacha le sonrió, y haciéndole un gesto para que le acompañara a bañarse bajo la cascada, le tendió la mano. Torlof, seducido y hechizado por su belleza, le acompañó. 

Ambos caminaron lentamente hacia el interior del lago, dirigiéndose a la cascada. Cuando el agua les llegaba a la altura del cuello, Torlof se detuvo. La muchacha, le miró y le sonrió tranquilizadora. Entonces, aún con las manos entrelazadas, comenzaron a nadar.

La ninfa y el lagoDe pronto, Torlof sintió que la joven le apretaba demasiado, y, sin poder evitarlo, vio horrorizado como la muchacha se sumergía en el lago, que ahora era mucho más profundo, y le arrastraba junto a ella. Torlof, tiró con todas sus fuerzas para liberarse de la mano de la muchacha, pero su esfuerzo fue inútil. La hermosa mujer del lago se sumergía más y más.

Lo último que llegó a vislumbrar fue el cuerpo de la mujer, ahora transformado. Su piel era azul, y sus piernas habían sido remplazadas por escamas. Notó como la extraña criatura le soltó la mano y le miró. Sin fuerzas para salir, se hundió en las profundidades del lago, donde está condenado a permanecer, para siempre.




Autor: Pablo A. Miralles

En una tarde de otoño

En una tarde de otoñoEn una tarde de otoño, con las hojas de los árboles cayendo a su alrededor, una joven pareja de enamorados paseaba tranquila por el parque. 

La enamorada le dijo a su enamorado: 

- Dime algo bonito.
- ¿Algo bonito?... Bonita eres tú. 



Autor: Pablo A. Miralles

Una madre que llora

Una madre que llora
Era una tarde plomiza de invierno. El frío acosaba intensamente a todos aquellos que se atrevían a salir a la calle.   En uno de los parques del pueblo, ahora desocupado, había una anciana. Estaba sentada en un viejo banco de madera. Lloraba.
Sus lágrimas resbalaban por su rostro, sin prisa; y al caer, humedecían su ropa. Fría, triste, empapada. La mujer mayor lloraba.

Un hombre joven que pasaba por allí vio llorar a la anciana y, preocupado, se acercó a preguntar. 

- Disculpe, ¿se encuentra usted bien? - dijo el joven.
- Estoy triste, hijo mío. Triste, abandonada y por eso mi llanto. 

El hombre, sorprendido, quiso saber más sobre aquella señora, y siguió preguntando. 

- ¿Porqué está triste? Tal vez yo pueda animarla. 
- Mi piel antes era tersa y fina. He sido muy hermosa, y ahora estoy deteriorada, mi rostro está lleno de arrugas. 
- Aunque ya no sea hermosa como antes, tiene el atractivo que da la experiencia y la sabiduría, por los años vividos. 
- Así debería ser, pero como soy anciana y no puedo valerme por mí misma todos me consideran un estorbo, y estoy sola. 
- ¿Sola? Seguro que tiene una familia, unos hijos, alguien que esté con usted.
- Sí, soy madre, abuela e incluso bisabuela. Tengo una familia muy numerosa. Pero no se preocupan por mí. Cuando más les necesito no están ahí para ayudarme. Por eso lloro. 

De joven fui una mujer muy rica y famosa, tenía recursos para todos. Era muy amada. Daba a todas las personas aquello que necesitaban, sin pedirles nada a cambio. Todos me admiraban, cuidaban y respetaban. Pero ahora... ya nadie se preocupa por mí. 

El joven, conmovido por las palabras de la triste anciana se quedó en silencio, pensativo. Tras unos momentos, quiso saber quién era aquella mujer tan famosa. Pensaba que tal vez sus padres se acordasen de ella.

- ¿Y quién es usted?
- Me llaman Tierra. 


Autor: Pablo A. Miralles

Caminando en libertad

Caminando en libertad
Me puse calzado cómodo y salí a caminar al amparo del bosque. 

No necesitaba brújula ni mapa alguno, sabía muy bien a dónde quería ir.


Autor: Pablo A. Miralles

Frente al espejo

Frente al espejo
Me desperté sobresaltada y sudorosa, otra vez la misma pesadilla. Me levanté con cuidado de la cama y anduve hacia el salón. Sin proponérmelo, me vi reflejada en el espejo. No podía creer lo que veían mis ojos. Mi pesadilla era cierta. Llevaba puesto aquel estúpido vestido blanco, con su larga cola arrastrando tras de mí. 

En ese momento, vi el viejo revólver de mi asqueroso y ahora real marido sobre la mesita. Lo tomé entre mis manos. Tras pensármelo un segundo, apunté con él a mi propia sien. Esa noche tenía que acabar todo. No podía vivir de ese modo, no así. 

Conté hasta tres. Uno..., dos..., ¡tres!. 

Bajé con sumo cuidado el arma, subí corriendo las escaleras de vuelta al dormitorio y le disparé.



Autor: Pablo A. Miralles

El Camino del Hombre

El Camino del HombreEra una época lejana y ya olvidada. Las gentes vivían tranquilas en el poblado, protegidas por una gran muralla, valientes soldados y por la sabiduría de su viejo Rey. Nada pertubaba la paz de aquellos habitantes, todo era tal y como debía ser. Los comerciantes vendían sus mercancías en la plaza mayor, los granjeros criaban su ganado en los campos y cultivavan la tierra de sus huertos, las mujeres atendían a los niños y todos eran felices.

Un buen día un muchacho se encontraba en el campo de entrenamiento de la ciudad. Luchaban con espadas de madera. Golpeaban rápidamente sus armas, se entrenaban para el combate, para servir al Rey. El sonido de sus rústicas espadas recorría como una ráfaga de viento furiosa cada rincón del patio de entrenamiento. Del suelo se levantaba un polvo sutil tras cada una de sus veloces acometidas. De pronto, el joven desarmó a su contrincante con un golpe seco en el costado.

Este muchacho entrenaba con ganas y esfuerzo. Trabajaba duro día a día para convertirse en alguien tan fuerte y noble que los habitantes de aquel pueblo lo tuviesen que recordar durante la eternidad. Mientras esperaba a que su compañero se recompusiese del golpe, miró hacia el cielo, buscando la señal que tanto ansiaba encontrar, el momento propicio para llevar a cabo su sueño.

Pudo ver entonces, un gran águila atravesando de parte a parte el cielo sobre el poblado. En ese instante supo que el momento había llegado. Cuando finalizó el entramiento corrió con prisa hacia su casa, recogió algunos víveres en su harapienta mochila, cargó con una vieja espada herrumbrosa que guardaba en su habitación y se dispuso a salir para buscar aventuras.

No sabía muy bien porqué, ni cómo, ni cuándo, pero de lo que estaba seguro era de que se sentía capaz de enfrentar cualquier peligro. De este modo, el joven muchacho abandonó el poblado.

* * *

Las tierras que tanto conocía se quedaban detrás. Su camino era largo y lo único que tenia claro era que debía dirigirse siempre hacia delante sin dudas, sin retrasos. Una vida de fama y poder le esperaban en el eterno horizonte al que parecía dirigirse.

El enorme y anaranjado Sol de la tarde parecía ser el Dios de aquel lugar lejano de dunas y arenas finas y cálidas. Las gotas de sudor le caían por la frente mientras a cada paso sus pies se enterraban, una y otra vez, en las arenas. De pronto creyó ver algo delante, unos árboles a la orilla de un manantial, de agua pura y limpia. Se acercó con precaución y efectivamente, allí estaba. Del suelo brotaba abundante agua clara y fresca, y los árboles ofrecían una agradable sombra, en la que descansar de la caminata bajo el Sol.

De pronto, se dio cuenta que bajo la arena, a medio enterrar, había un bolso de cuero. Se acercó con cautela, lo observó. El cuero estaba desgastado por el uso y por la fricción con la arena. Seguramente llevaría ahí enterrado varios días. Demasiadas ideas se agolpaban en su mente, por un lado desconfiaba de lo que puediera encontrar; por otro lado, se trataba de un simple bolso. Finalmente, lo cogió. Lo abrió lentamente y descubrió lo que contenía.

Un viejo y extraño medallón de oro recubierto de una capa verdosa y áspera asomaba por el bolso. El joven, radiente de felicidad por el tesoro encontrado, no dudo en cogerlo y tomarlo para sí. Al tocarlo una sensación fría le recorrió la espalda, el medallón comenzó a emitir un extraño silbido estridente y las costras de mugre que las envolvían comenzaron a desaparecer, provocando una intensa luz cegadora.

El silencio llegó tras unos momentos y al recuperar la visión, frente a él se encontraba un corpulento hombre negro. Era la primera persona que veía desde hacia mucho tiempo. El medallón, ahora dorado y brillante, colgaba de su cuello y en su mano sostenía una extraña lanza plateada de punta cristalina.

La voz del enorme hombre de ébano sonaba profunda, el joven había entrado en territorio sagrado y debía morir.

El muchacho sin miedo, sacó su degastada espada y plantó cara al corpulento hombre. No le tenía miedo, ya era un hombre adulto. En esto, el gran hombre le miró a los ojos, y el muchacho pudo escuchar su voz en su interior.

"Apenas sales de tu pueblo y en la primera ocasión que encuentras te apropias de lo que no es tuyo y desafías a otro guerrero. Aún tienes mucho que aprender para ser un auténtico hombre."

Tras esto, el gran hombre se esfumó, como la arena desaparece en una ráfaga de viento.

El joven muchacho se quedó perplejo. No comprendía porqué no habían tenido que luchar. No entendió muy bien las palabras que le dijo aquel hombre; y confuso, emprendió el camino de vuelta a casa.

Pasaron varios años. Un buen día, recordó su pequeña aventura y reflexionó sobre aquellas palabras. Tras un instante de reflexión, su cara se iluminó. Ya lo comprendo, pensó. En ese instante, una voz sonó en su cabeza: "Ahora ya eres un hombre". No era la primera vez que escuchaba aquella voz.


Autores: José Manuel N., Pablo A. Miralles
Año de publicación: 2010

El Recuerdo

El Recuerdo Y sin darse apenas cuenta aquel hombre se encontraba de nuevo allí, sentado, sobre aquella fría y húmeda roca al pie de de aquel mar enfurecido. Las olas rompían con fuerza a su alrededor salpicando con saladas gotas su rostro abatido, cuya mirada, fija e implacable, observaba las entrañas del océano.

Tan solo él, las olas rompiendo a su alrededor con fuerza y la Luna, cuya luz amarillenta alumbraba cada gota que lo envolvía, formaban aquella insólita escena.

Sin embargo, no estaba allí por gusto.

Como cada atardecer, Harry conducía desde la cuidad, en la que buscaba trabajo infructuosamente, hasta su pequeña casa en la costa. Era aficionado a la lectura, solía pasarse horas y horas inmerso en las aventuras de sus libros. En muchas ocasiones, se olvidaba de todo con tal de leer, incluso de cenar. Cuando el sueño le vencía, subía al dormitorio y se acostaba. Pero, muy a su pesar, había un mal que no le dejaba descansar.

Cada noche volvía a repetirse. Lo que comenzó siendo una mala noche sin conciliar el sueño se iba convirtiendo, cada vez con mayor frecuencia, en algo verdaderamente perturbador.

Un recuerdo quería entrar en su mente una y otra vez; sin embargo, no lograba recordar.

Había acudido a médicos, psicólogos, psiquiatras y toda una retahíla de especialistas que no podían solucionar su mal. No, definitivamente, su problema no era una enfermedad. Pero algo, algo muy remoto y cercano al mismo tiempo, le ocupaba la mente, impidiéndole descansar. Cuál era la solución a su problema, ni él mismo lo sabía.

Las olas continuaban rompiendo a su lado, evitando que el silencio se convirtiese en hijo de la noche. Poco a poco la oscuridad se hacía menos densa, anunciando la llegada del nuevo amanecer. Para Harry, tan normal y tan amargo como otro amanecer cualquiera. A lo lejos, el horizonte empezaba a clarear tímidamente, pero los primeros rayos de Sol no eran motivo de ánimo ni espreranza para el hombre abatido.

Dejándose llevar por la rutina, Harry regresaba a su casa y dormitaba intranquilo un par de horas antes de ir a buscar empleo a la ciudad. Y así, día tras día, noche tras noche, el hombre apesadumbrado era incapaz de liberarse de aquello que le oprimía.

* * *

Una noche como otra cualquiera, Harry bajó a la playa. Se sentó como solía hacerlo sobre la misma roca de siempre, las olas rompían con furia esta vez, el mar estaba agitado. Sin esperárselo, divisó algo en el agua, a lo lejos. No era capaz de distinguir de qué se trataba. Movido por la curiosidad, se acercó todo lo que pudo, sin meterse en el agua.

De pronto, le dio un vuelco el corazón, era una persona. Un niño, agitaba frenéticamente los brazos en un intento por mantenerse a flote. El mar estaba muy revuelto, las olas bramaban a su alrededor, el niño se estaba ahogando. Harry, sin pensárselo ni un sólo segundo, se lanzó contra el mar. Nadó con todas sus fuerzas, la corriente era intensa, pero la voluntad del hombre era férrea. El niño estaba más lejos de lo que parecía. Las olas eran altas, a intervalos el hombre perdía de vista la joven criatura que luchaba por sobrevivir. Nadó y nadó, hasta la extenuación. Había perdido de vista al niño.

Cuando toda esperanza parecía perdida, lo vio de nuevo, estaba vivo, movía desesperadamente los brazos. En ese momento, Harry lanzó un grito de furia y cargándose de valor hizo un último esfuerzo para llegar. No podría decir cuánto tiempo tardó en llegar hasta el niño, lo que es seguro es que se dio toda la prisa que el mar le permitía.

Por fin había llegado hasta el joven niño. Sin embargo, su cuerpo agotado flotaba boca abajo sobre la superficie. Las olas se habían calmado, el niño había fallecido. Cuidadosamente, Harry se acercó al cuerpo sin vida del muchacho, le dió la vuelta y pudo ver su propio rostro.

Ahora podía verlo todo con claridad. Los recuerdos entraban de nuevo en su mente, por fin podía descansar.

Y tras esto, una dulce niebla los envolvió; al disiparse, no quedó rastro de ellos.


Autores: José Manuel N., Pablo A. Miralles
Año de publicación: 2010

 
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