Era una tarde plomiza de invierno. El frío acosaba intensamente a todos aquellos que se atrevían a salir a la calle. En uno de los parques del pueblo, ahora desocupado, había una anciana. Estaba sentada en un viejo banco de madera. Lloraba.
Sus lágrimas resbalaban por su rostro, sin prisa; y al caer, humedecían su ropa. Fría, triste, empapada. La mujer mayor lloraba.
Un hombre joven que pasaba por allí vio llorar a la anciana y, preocupado, se acercó a preguntar.
- Disculpe, ¿se encuentra usted bien? - dijo el joven.
- Estoy triste, hijo mío. Triste, abandonada y por eso mi llanto.
El hombre, sorprendido, quiso saber más sobre aquella señora, y siguió preguntando.
- ¿Porqué está triste? Tal vez yo pueda animarla.
- Mi piel antes era tersa y fina. He sido muy hermosa, y ahora estoy deteriorada, mi rostro está lleno de arrugas.
- Aunque ya no sea hermosa como antes, tiene el atractivo que da la experiencia y la sabiduría, por los años vividos.
- Así debería ser, pero como soy anciana y no puedo valerme por mí misma todos me consideran un estorbo, y estoy sola.
- ¿Sola? Seguro que tiene una familia, unos hijos, alguien que esté con usted.
- Sí, soy madre, abuela e incluso bisabuela. Tengo una familia muy numerosa. Pero no se preocupan por mí. Cuando más les necesito no están ahí para ayudarme. Por eso lloro.
De joven fui una mujer muy rica y famosa, tenía recursos para todos. Era muy amada. Daba a todas las personas aquello que necesitaban, sin pedirles nada a cambio. Todos me admiraban, cuidaban y respetaban. Pero ahora... ya nadie se preocupa por mí.
El joven, conmovido por las palabras de la triste anciana se quedó en silencio, pensativo. Tras unos momentos, quiso saber quién era aquella mujer tan famosa. Pensaba que tal vez sus padres se acordasen de ella.
- ¿Y quién es usted?
- Me llaman Tierra.
Autor: Pablo A. Miralles