El Camino del Hombre

El Camino del HombreEra una época lejana y ya olvidada. Las gentes vivían tranquilas en el poblado, protegidas por una gran muralla, valientes soldados y por la sabiduría de su viejo Rey. Nada pertubaba la paz de aquellos habitantes, todo era tal y como debía ser. Los comerciantes vendían sus mercancías en la plaza mayor, los granjeros criaban su ganado en los campos y cultivavan la tierra de sus huertos, las mujeres atendían a los niños y todos eran felices.

Un buen día un muchacho se encontraba en el campo de entrenamiento de la ciudad. Luchaban con espadas de madera. Golpeaban rápidamente sus armas, se entrenaban para el combate, para servir al Rey. El sonido de sus rústicas espadas recorría como una ráfaga de viento furiosa cada rincón del patio de entrenamiento. Del suelo se levantaba un polvo sutil tras cada una de sus veloces acometidas. De pronto, el joven desarmó a su contrincante con un golpe seco en el costado.

Este muchacho entrenaba con ganas y esfuerzo. Trabajaba duro día a día para convertirse en alguien tan fuerte y noble que los habitantes de aquel pueblo lo tuviesen que recordar durante la eternidad. Mientras esperaba a que su compañero se recompusiese del golpe, miró hacia el cielo, buscando la señal que tanto ansiaba encontrar, el momento propicio para llevar a cabo su sueño.

Pudo ver entonces, un gran águila atravesando de parte a parte el cielo sobre el poblado. En ese instante supo que el momento había llegado. Cuando finalizó el entramiento corrió con prisa hacia su casa, recogió algunos víveres en su harapienta mochila, cargó con una vieja espada herrumbrosa que guardaba en su habitación y se dispuso a salir para buscar aventuras.

No sabía muy bien porqué, ni cómo, ni cuándo, pero de lo que estaba seguro era de que se sentía capaz de enfrentar cualquier peligro. De este modo, el joven muchacho abandonó el poblado.

* * *

Las tierras que tanto conocía se quedaban detrás. Su camino era largo y lo único que tenia claro era que debía dirigirse siempre hacia delante sin dudas, sin retrasos. Una vida de fama y poder le esperaban en el eterno horizonte al que parecía dirigirse.

El enorme y anaranjado Sol de la tarde parecía ser el Dios de aquel lugar lejano de dunas y arenas finas y cálidas. Las gotas de sudor le caían por la frente mientras a cada paso sus pies se enterraban, una y otra vez, en las arenas. De pronto creyó ver algo delante, unos árboles a la orilla de un manantial, de agua pura y limpia. Se acercó con precaución y efectivamente, allí estaba. Del suelo brotaba abundante agua clara y fresca, y los árboles ofrecían una agradable sombra, en la que descansar de la caminata bajo el Sol.

De pronto, se dio cuenta que bajo la arena, a medio enterrar, había un bolso de cuero. Se acercó con cautela, lo observó. El cuero estaba desgastado por el uso y por la fricción con la arena. Seguramente llevaría ahí enterrado varios días. Demasiadas ideas se agolpaban en su mente, por un lado desconfiaba de lo que puediera encontrar; por otro lado, se trataba de un simple bolso. Finalmente, lo cogió. Lo abrió lentamente y descubrió lo que contenía.

Un viejo y extraño medallón de oro recubierto de una capa verdosa y áspera asomaba por el bolso. El joven, radiente de felicidad por el tesoro encontrado, no dudo en cogerlo y tomarlo para sí. Al tocarlo una sensación fría le recorrió la espalda, el medallón comenzó a emitir un extraño silbido estridente y las costras de mugre que las envolvían comenzaron a desaparecer, provocando una intensa luz cegadora.

El silencio llegó tras unos momentos y al recuperar la visión, frente a él se encontraba un corpulento hombre negro. Era la primera persona que veía desde hacia mucho tiempo. El medallón, ahora dorado y brillante, colgaba de su cuello y en su mano sostenía una extraña lanza plateada de punta cristalina.

La voz del enorme hombre de ébano sonaba profunda, el joven había entrado en territorio sagrado y debía morir.

El muchacho sin miedo, sacó su degastada espada y plantó cara al corpulento hombre. No le tenía miedo, ya era un hombre adulto. En esto, el gran hombre le miró a los ojos, y el muchacho pudo escuchar su voz en su interior.

"Apenas sales de tu pueblo y en la primera ocasión que encuentras te apropias de lo que no es tuyo y desafías a otro guerrero. Aún tienes mucho que aprender para ser un auténtico hombre."

Tras esto, el gran hombre se esfumó, como la arena desaparece en una ráfaga de viento.

El joven muchacho se quedó perplejo. No comprendía porqué no habían tenido que luchar. No entendió muy bien las palabras que le dijo aquel hombre; y confuso, emprendió el camino de vuelta a casa.

Pasaron varios años. Un buen día, recordó su pequeña aventura y reflexionó sobre aquellas palabras. Tras un instante de reflexión, su cara se iluminó. Ya lo comprendo, pensó. En ese instante, una voz sonó en su cabeza: "Ahora ya eres un hombre". No era la primera vez que escuchaba aquella voz.


Autores: José Manuel N., Pablo A. Miralles
Año de publicación: 2010

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